Notas

Arthur Machen, éxtasis y terror

En los inicios del siglo XX, el clímax del proceso de industrialización y la promesa incumplida del bienestar en las sociedades modernas tuvo como colofón el mayor de los conflictos bélicos que la Humanidad había conocido hasta entonces: la Gran Guerra. El luminoso positivismo heredero del racionalismo dieciochesco, que durante todo el siglo XIX había luchado secretamente con su doble siniestro, nacido de las oscuras profundidades del Romanticismo, trataría de expurgar el mal del hombre moderno, el Mal del Siglo, liberando todos los demonios para que se enfrentasen abiertamente en una guerra que acabaría con todas las guerras.

En la Batalla del Somne, que se desarrolló entre el 1 de julio y el 18 de noviembre de 1916 y en la que se enfrentaron tres millones de hombres, fueron sacrificados 146 431 soldados en el bando franco-británico y 164 055 en el bando del Imperio Alemán. Bajo la bandera del Imperio Británico, murieron 95 675 soldados. Más de 19 000 solo en el primer día. Esta batalla, la más sangrienta de toda la guerra, tenía como objetivo alejar a las tropas alemanas de la Batalla de Verdún, la más larga de todo el conflicto y en la que murieron más de un cuarto de millón de soldados de los dos ejércitos enfrentados (francés y alemán).

Solo en estas batallas infames se contabilizaron más de dos millones de bajas, entre heridos, desaparecidos y muertos. En Verdún, miles de soldados de ambos bandos fueron enterrados juntos al no poder ser identificados. El terror de la muerte es un destino compartido por todos los hombres.

Para cuando estalló el conflicto, en julio de 1914, Arthur Machen llevaba ya cuatro años trabajando como periodista para el Evening News. Habían pasado ya dos décadas desde la publicación de sus obras más aclamadas, El gran dios Pan (The Great God Pan, novela corta publicada junto a The Inmost Light en 1894) y Los tres impostores (The Three Impostors or The Transmutations, novela de misterio y horror sobrenatural publicada en 1895, en cuya trama se insertaban relatos como “The White Powder” o “The Black Seal”). Machen sobrevivía ejerciendo un oficio que detestaba. Aun así, su popularidad como escritor se vio de nuevo impulsada gracias a la publicación del relato Los arqueros (The Bowmen, 29 de septiembre de 1914) en el periódico para el que trabajaba.

El relato cuenta cómo los arqueros ingleses que ganaron la Batalla de Azincourt durante la Guerra de los Cien Años volvieron del pasado, dirigidos por el mismísimo San Jorge, para auxiliar a una compañía de 80 000 soldados británicos atacados por una fuerza de 300 000 soldados alemanes en Mons, durante los albores de la Gran Guerra. Concebido con claros fines propagandísticos, el relato pretendía elevar la moral de una nación sumida en la total incertidumbre sobre el rumbo inmediato del conflicto y que a pesar de la inquebrantable censura alrededor de los asuntos de la guerra en curso interpretó las escasas noticias sobre la retirada del contingente británico tras la Batalla de Mons como una señal inequívoca de que la derrota alemana solo se lograría a un altísimo coste.

Esta breve historia está apenas vinculada a lo mejor de la obra de Machen acaso por el elemento sobrenatural que sostiene el relato. Sería injusto valorar el conjunto por este tipo de concesiones literarias puntuales al patriotismo; eso sí, exquisitamente ejecutadas y que, por otra parte, han de entenderse casi de obligado cumplimiento, en su contexto, para la prensa en época de guerra. Presentado con la claridad de lenguaje propia del periodismo informativo, este relato daría origen a la leyenda de los Ángeles de Mons que el pueblo británico acogería y extendería como prueba del valor moral (sancionado por la propia Historia) de su ejército en la Gran Guerra contra el Imperio Alemán.

Sin embargo, la obra que mejor reflejaría las complejas emociones que el conflicto suscitó en la psique de toda la nación y al mismo tiempo aún hoy se mantiene como uno de los mejores ejemplos de la excelencia literaria de Machen no sería publicada hasta tres años después, cuando ni siquiera la censura y el patriotismo bélico podían ya imponerse a una atrocidad sin antecedentes. Su título es un adecuado comentario tanto al momento en que fue publicada como en relación a toda la literatura del autor: El terror (The Terror: A Fantasy, 1917).

Con todo, esta novela corta no es un relato bélico y tampoco ocurre en ninguno de los teatros de guerra continentales. Ni siquiera está ambientada, como los más celebrados relatos del autor, en la sensible membrana de Londres, corazón resonante del Imperio Británico. Machen, el galés de la memoria arqueológica, el exiliado en el Centro del Mundo, vuelve en este relato a su tierra natal, una periferia física que es el trasunto de esa otra periferia psíquica, en la que habitan los terrores sin forma de lo incomprensible.

Una serie de muertes violentas, todas ellas sucesos trágicos e inexplicables, como en el caso de toda una familia que, aparentemente, se encierra en casa hasta morir, sacuden un aislado condado del campo galés, una región “inculta, dividida, fragmentaria, una tierra de montes extraños y valles secretos y escondidos”, sumiendo a sus habitantes, conforme avanza la ominosa sensación de amenaza, en lo que el propio narrador denomina como “una nueva forma de terror”.

Las diversas teorías con las que los habitantes del condado intentan explicar los horrendos sucesos que se describen aparecerán intercaladas durante la narración siguiendo el modelo de las novelas de misterio, reconocible en los orígenes del horror sobrenatural. La teoría inicial del loco homicida o, yendo más allá en la misma línea, la versión stevensoniana de esta posibilidad, la personalidad criminal que aflora como complemento esquizoide de una personalidad aparentemente pacífica (lo cual incide en una de las ideas centrales en la obra de Machen, el aspecto oculto de la realidad) y la posterior teoría sobre la posible relación entre estos sucesos y la Gran Guerra que se estaba desarrollando al otro lado del Canal de la Mancha, negadas todas ellas por diversas evidencias, acabarán dando paso con el tiempo a una teoría aún más singular pero no por ello menos terrible.

Recorriendo todo el relato, el debate sobre los límites de lo posible. Como dice el narrador, “vale más una explicación, por pobre que sea, que un misterio terrible e intolerable”. En conclusión, la certeza de que incluso la más increíble de las atrocidades puede ocurrir aunque subvierta las leyes naturales. De nuevo el narrador, asumiendo la posibilidad de un mundo más allá de lo visible: “El mundo de los planos no puede creer en la esfera y el cubo”.

Quince años antes, en Jeroglíficos (Hieroglyphics: A Note upon Ecstasy in Literature, 1902), un original ensayo narrativo, Machen había puesto en boca de un misterioso personaje, al que se refiere como el Eremita, sus propias opiniones sobre literatura, en lo que podríamos definir como un monólogo socrático. Hay un término fundamental en esta exposición, el núcleo de la estética que defiende Machen: “Sí, para mí la respuesta viene con una única palabra. Éxtasis. Si el éxtasis está presente, entonces digo que hay buena literatura; si está ausente, entonces, a pesar de toda la astucia, todos los talentos, toda la construcción y la observación y la destreza que puedas mostrarme, entonces, pienso, tenemos un producto (posiblemente uno muy interesante) que no es buena literatura”.

Más adelante defiende la elección del término: “he elegido esta palabra en representación de muchas. Sustitúyela, si quieres: arrebato, belleza, adoración, maravilla, admiración, misterio, sentido de lo desconocido, deseo de lo desconocido. Todas y cada una transmiten lo que quiero decir; para algún caso particular un término puede ser más apropiado que otro, pero en cada caso habrá esa retirada de la vida común y la conciencia común que justifica mi elección de éxtasis como el mejor símbolo de lo que quiero decir”.

La obra literaria de Machen es la mejor defensa de esta idea. El terror, uno de sus exponentes más claros: arrebatado, de una belleza sobrecogedora, maravilloso, admirable, misterioso e inmerso en la búsqueda de lo desconocido. En definitiva, una obra extática.

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