Notas

Arthur Machen, éxtasis y terror

En los inicios del siglo XX, el clímax del proceso de industrialización y la promesa incumplida del bienestar en las sociedades modernas tuvo como colofón el mayor de los conflictos bélicos que la Humanidad había conocido hasta entonces: la Gran Guerra. El luminoso positivismo heredero del racionalismo dieciochesco, que durante todo el siglo XIX había luchado secretamente con su doble siniestro, nacido de las oscuras profundidades del Romanticismo, trataría de expurgar el mal del hombre moderno, el Mal del Siglo, liberando todos los demonios para que se enfrentasen abiertamente en una guerra que acabaría con todas las guerras.

En la Batalla del Somne, que se desarrolló entre el 1 de julio y el 18 de noviembre de 1916 y en la que se enfrentaron tres millones de hombres, fueron sacrificados 146 431 soldados en el bando franco-británico y 164 055 en el bando del Imperio Alemán. Bajo la bandera del Imperio Británico, murieron 95 675 soldados. Más de 19 000 solo en el primer día. Esta batalla, la más sangrienta de toda la guerra, tenía como objetivo alejar a las tropas alemanas de la Batalla de Verdún, la más larga de todo el conflicto y en la que murieron más de un cuarto de millón de soldados de los dos ejércitos enfrentados (francés y alemán).

Solo en estas batallas infames se contabilizaron más de dos millones de bajas, entre heridos, desaparecidos y muertos. En Verdún, miles de soldados de ambos bandos fueron enterrados juntos al no poder ser identificados. El terror de la muerte es un destino compartido por todos los hombres.

Para cuando estalló el conflicto, en julio de 1914, Arthur Machen llevaba ya cuatro años trabajando como periodista para el Evening News. Habían pasado ya dos décadas desde la publicación de sus obras más aclamadas, El gran dios Pan (The Great God Pan, novela corta publicada junto a The Inmost Light en 1894) y Los tres impostores (The Three Impostors or The Transmutations, novela de misterio y horror sobrenatural publicada en 1895, en cuya trama se insertaban relatos como “The White Powder” o “The Black Seal”). Machen sobrevivía ejerciendo un oficio que detestaba. Aun así, su popularidad como escritor se vio de nuevo impulsada gracias a la publicación del relato Los arqueros (The Bowmen, 29 de septiembre de 1914) en el periódico para el que trabajaba.

El relato cuenta cómo los arqueros ingleses que ganaron la Batalla de Azincourt durante la Guerra de los Cien Años volvieron del pasado, dirigidos por el mismísimo San Jorge, para auxiliar a una compañía de 80 000 soldados británicos atacados por una fuerza de 300 000 soldados alemanes en Mons, durante los albores de la Gran Guerra. Concebido con claros fines propagandísticos, el relato pretendía elevar la moral de una nación sumida en la total incertidumbre sobre el rumbo inmediato del conflicto y que a pesar de la inquebrantable censura alrededor de los asuntos de la guerra en curso interpretó las escasas noticias sobre la retirada del contingente británico tras la Batalla de Mons como una señal inequívoca de que la derrota alemana solo se lograría a un altísimo coste.

Esta breve historia está apenas vinculada a lo mejor de la obra de Machen acaso por el elemento sobrenatural que sostiene el relato. Sería injusto valorar el conjunto por este tipo de concesiones literarias puntuales al patriotismo; eso sí, exquisitamente ejecutadas y que, por otra parte, han de entenderse casi de obligado cumplimiento, en su contexto, para la prensa en época de guerra. Presentado con la claridad de lenguaje propia del periodismo informativo, este relato daría origen a la leyenda de los Ángeles de Mons que el pueblo británico acogería y extendería como prueba del valor moral (sancionado por la propia Historia) de su ejército en la Gran Guerra contra el Imperio Alemán.

Sin embargo, la obra que mejor reflejaría las complejas emociones que el conflicto suscitó en la psique de toda la nación y al mismo tiempo aún hoy se mantiene como uno de los mejores ejemplos de la excelencia literaria de Machen no sería publicada hasta tres años después, cuando ni siquiera la censura y el patriotismo bélico podían ya imponerse a una atrocidad sin antecedentes. Su título es un adecuado comentario tanto al momento en que fue publicada como en relación a toda la literatura del autor: El terror (The Terror: A Fantasy, 1917).

Con todo, esta novela corta no es un relato bélico y tampoco ocurre en ninguno de los teatros de guerra continentales. Ni siquiera está ambientada, como los más celebrados relatos del autor, en la sensible membrana de Londres, corazón resonante del Imperio Británico. Machen, el galés de la memoria arqueológica, el exiliado en el Centro del Mundo, vuelve en este relato a su tierra natal, una periferia física que es el trasunto de esa otra periferia psíquica, en la que habitan los terrores sin forma de lo incomprensible.

Una serie de muertes violentas, todas ellas sucesos trágicos e inexplicables, como en el caso de toda una familia que, aparentemente, se encierra en casa hasta morir, sacuden un aislado condado del campo galés, una región “inculta, dividida, fragmentaria, una tierra de montes extraños y valles secretos y escondidos”, sumiendo a sus habitantes, conforme avanza la ominosa sensación de amenaza, en lo que el propio narrador denomina como “una nueva forma de terror”.

Las diversas teorías con las que los habitantes del condado intentan explicar los horrendos sucesos que se describen aparecerán intercaladas durante la narración siguiendo el modelo de las novelas de misterio, reconocible en los orígenes del horror sobrenatural. La teoría inicial del loco homicida o, yendo más allá en la misma línea, la versión stevensoniana de esta posibilidad, la personalidad criminal que aflora como complemento esquizoide de una personalidad aparentemente pacífica (lo cual incide en una de las ideas centrales en la obra de Machen, el aspecto oculto de la realidad) y la posterior teoría sobre la posible relación entre estos sucesos y la Gran Guerra que se estaba desarrollando al otro lado del Canal de la Mancha, negadas todas ellas por diversas evidencias, acabarán dando paso con el tiempo a una teoría aún más singular pero no por ello menos terrible.

Recorriendo todo el relato, el debate sobre los límites de lo posible. Como dice el narrador, “vale más una explicación, por pobre que sea, que un misterio terrible e intolerable”. En conclusión, la certeza de que incluso la más increíble de las atrocidades puede ocurrir aunque subvierta las leyes naturales. De nuevo el narrador, asumiendo la posibilidad de un mundo más allá de lo visible: “El mundo de los planos no puede creer en la esfera y el cubo”.

Quince años antes, en Jeroglíficos (Hieroglyphics: A Note upon Ecstasy in Literature, 1902), un original ensayo narrativo, Machen había puesto en boca de un misterioso personaje, al que se refiere como el Eremita, sus propias opiniones sobre literatura, en lo que podríamos definir como un monólogo socrático. Hay un término fundamental en esta exposición, el núcleo de la estética que defiende Machen: “Sí, para mí la respuesta viene con una única palabra. Éxtasis. Si el éxtasis está presente, entonces digo que hay buena literatura; si está ausente, entonces, a pesar de toda la astucia, todos los talentos, toda la construcción y la observación y la destreza que puedas mostrarme, entonces, pienso, tenemos un producto (posiblemente uno muy interesante) que no es buena literatura”.

Más adelante defiende la elección del término: “he elegido esta palabra en representación de muchas. Sustitúyela, si quieres: arrebato, belleza, adoración, maravilla, admiración, misterio, sentido de lo desconocido, deseo de lo desconocido. Todas y cada una transmiten lo que quiero decir; para algún caso particular un término puede ser más apropiado que otro, pero en cada caso habrá esa retirada de la vida común y la conciencia común que justifica mi elección de éxtasis como el mejor símbolo de lo que quiero decir”.

La obra literaria de Machen es la mejor defensa de esta idea. El terror, uno de sus exponentes más claros: arrebatado, de una belleza sobrecogedora, maravilloso, admirable, misterioso e inmerso en la búsqueda de lo desconocido. En definitiva, una obra extática.

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Reseñas

Crónicas de una lucha eterna

Elric: The Stealer of Souls
Chronicles of the Last Emperor of Melniboné Volume 1
Michael Moorcock
Ilustrado por John Picacio
Del Rey/Ballantine Books
2008, 496 págs.

En septiembre de 2012 se anunció una nueva edición del fondo editorial de Michael Moorcock, tanto en papel, a cargo de Gollancz, como en formato electrónico, a través del sello especializado Gateway, que pretende ordenar en una colección asequible de volúmenes recopilatorios el ingente material acumulado por el genio londinense durante sus más de cincuenta años de carrera literaria. El esperado proyecto comenzó definitivamente el pasado mes de febrero, con la publicación en tres tomos individuales de las últimas novelas dedicadas a Elric, Daughters of Dream, Destiny’s Brother, y Son of the Wolf, revisadas para esta edición, y el recopilatorio Corum: The Prince in the Scarlet Robe.

Según apuntaba la noticia, y viene a confirmar lo publicado hasta ahora (en abril se han editado otros dos recopilatorios protagonizados por Corum y Hawksmoor, respectivamente), con la salvedad de los tres volúmenes individuales ya mencionados, el proyecto, que se desarrollará durante los próximos dos años, pretende respetar la cronología interna de cada una de las series protagonizadas por los diversos avatares del Campeón Eterno: Corum, Hawksmoor, Von Bek, Jerry Cornelius y, por supuesto, el celebérrimo Elric de Melniboné.

La edición contará, según el propio autor, con el atractivo añadido que supone la inclusión de material inédito hasta la fecha (ficción y no ficción), y tiene la aspiración de erigirse en su conjunto como la edición definitiva de los textos que conforman la más original de las creaciones de su autor: el Multiverso. Tratándose del prolífico Moorcock y su mutable bibliografía, aún es pronto para cuestionar esta pretensión inicial, si bien es cierto que se trata del proyecto más ambicioso en el que se ha embarcado el autor, siempre dispuesto desde muy pronto a revisar, reescribir y reordenar su trabajo, en aras de una mayor coherencia interna y, por qué no decirlo, de una creciente popularidad.

Aún tendremos que esperar dos años más para valorar el proyecto en su totalidad, pero sea como sea el magnífico evento me parece la excusa perfecta para escribir sobre la que, por el momento, puede considerarse la mejor edición de la obra dedicada al más justamente célebre de todos los campeones moorcockianos, el asesino de mujeres, el traidor albino, el infame Elric, último emperador de Melniboné.

Publicada entre 2008 y 2010, la edición de Del Rey/Ballantine Books a la que me refiero, completada en seis volúmenes, destaca no solo por ser la recopilación más exhaustiva, coherente y completa de las aventuras de Elric, sino como el más notable proyecto en toda la bibliografía moorcockiana hasta el momento. Se trata de libros profusamente ilustrados por artistas de la talla de Michael W. Kaluta, John Picacio, Steve Ellis o Justin Sweet, prologados por escritores reconocidos dentro y fuera del género como Alan Moore, Walter Mosley, Holly Black, Michael Chabon, Neil Gaiman o Tad Williams, y que cuentan con el acompañamiento de textos fundamentales de no ficción, obra del propio Moorcock, pero también de nombres justamente ligados al personaje, como el editor de Science Fantasy, Science Fiction Adventures y New Worlds, E. J. Carnell, quien sugirió a Moorcock la creación de una serie de espada y brujería, o Anthony Skene, cuyo personaje, Monsieur Zenith, el Albino, fue una reconocida influencia en la concepción del Duque Blanco. Elric: The Stealer of Souls, primero de los volúmenes de estas crónicas, es el mejor ejemplo de la envergadura y categoría de este singular proyecto editorial.

Se abre este libro con una presentación a cargo del Mago de Northampton, Alan Moore, que rememora en clave psicogeográfica su relación personal con Elric, desvelando de paso la relación que el propio ciclo, su protagonista y su entorno guardan con el ambiente en que fue concebido, el Londres de posguerra. Merece la pena citar aquí el sugerente comienzo de la pieza: “Me acuerdo de Melniboné. No del imperio, obviamente, sino de sus secuelas, sus deshechos: restos destrozados de filigrana de plata de un broche o una coraza, jirones de seda a cuadros acumulándose en las alcantarillas de Tottenham Court Road. Exquisita y depravada, la cultura melnibonéana había sido destrozada por una gran catástrofe antes de que el registro de la Historia comenzara… Probablemente en algún momento a mediados de los cuarenta”.

Esta intimidad entre realidad y ficción será confirmada por el propio Moorcock en su introducción al volumen donde repasa su historia personal y profesional haciendo especial hincapié en el periodo de gestación de su más célebre personaje. La historia es bien conocida. “The Dreaming City”, primero de los relatos escritos para el ciclo, fue en su origen una sinopsis para un pastiche protagonizado por Conan, posteriormente replanteado, a petición de E. J. Carnell, ya se ha dicho, como el inicio de una saga original de fantasía heroica. Ya alejado del primer proyecto, la pretensión de Moorcock al escribir esta nueva serie, que aparecería publicada en sus inicios en Science Fantasy, fue la de alejarse todo lo posible de la influencia de Robert E. Howard y el tipo de fantasía heroica que representaba. Elric tomará entonces características completamente opuestas a las del celebérrimo bárbaro cimerio: ojos carmesí, debilidad física, solo superada con la ayuda sobrenatural de su espada Stormbringer y el consumo de drogas, además de una ambigua malevolencia latente. Esta inversión se extiende incluso al mismo tono (que el autor describe como “irónico”), a la ambientación (cada vez más onírica conforme avanza la serie e inspirada en las pesadillas plásticas del surrealismo), así como al carácter de las aventuras protagonizadas por el hechicero albino (llenas de un simbolismo que se apoya en la fuerza expresiva de los arquetipos explorados por el psicoanálisis). La precariedad de la vida en el Londres de posguerra y los paisajes mentales y materiales aprehendidos en estos años de supervivencia en el área de Notting Hill (una zona marginal y deprimida entonces) se combinarían con la experiencia periodística del autor en fanzines y magazines pulp y con un gusto literario cuyo arco de intereses abarcaba entonces tanto a clásicos de la literatura popular (Edgar Rice Burroughs) como a vanguardistas del género (William Burroughs), la literatura pulp de horror y aventura (Robert E. Howard, Fritz Leiber) o la literatura existencialista francesa en boga (Albert Camus, Jean Paul Sartre). Entre los inicios profesionales en su Londres natal y la asunción de su papel como revolucionario editor de la etapa más importante de New Worlds (impulsando el nacimiento y expansión de la Nueva Ola de la Ciencia Ficción), pasando por la experiencia formativa en el París del medio siglo, Moorcock concibió el núcleo no solo de esta serie protagonizada por Elric sino de toda su obra posterior: durante el desarrollo de este exitoso ciclo de relatos surgirá progresivamente la idea del Multiverso como trasfondo y el concepto del Campeón Eterno, con distintos avatares, como protagonista de todas las aventuras posibles, eternamente en lucha para mantener el Equilibrio entre las fuerzas enfrentadas de la Ley y el Caos.

Son muchos, como decía, los paratextos que acompañan a las ficciones presentadas en este primer volumen. Además de estos textos previos, un breve ensayo llamado “Ponerle una etiqueta”, de 1961, presenta un estado inicial de la discusión nominal alrededor de los modos de fantasía en el que Moorcock, en la aproximación a los subgéneros fantásticos (en la que llegará a afirmar, por ejemplo, que la Ciencia Ficción es una categoría dentro del grupo de la Fantasía) identifica el esquema subyacente al tipo de literatura que el denomina “fantasía épica” (y que incluye en una tradición que parte, en lo literario, de las sagas heroicas y romances épicos medievales, pero que es anterior, según el propio Moorcock, a la propia literatura, hundiendo sus raíces en los orígenes de la comunicación oral). Para el caso, lo más interesante del esquema es lo que nos aporta sobre la lectura del género que realiza Moorcock y que puede ser trasladado a su propia escritura: “Son historias de búsqueda [quest]. El sentido del conflicto necesario en un libro diseñado para mantener el interés del lector de principio a fin es suministrado por una simple fórmula: A) El héroe debe conseguir o hacer algo, B) Los villanos se oponen, C) El héroe se dispone a conseguir lo que quiere de cualquier forma, D) Los villanos se lo impiden una o más veces (de acuerdo con la longitud de la historia) y, finalmente, E) El héroe, contra toda probabilidad, hace lo que el lector espera de él. Por supuesto E) a menudo tiene un giro de alguna clase, pero en la mayoría de los casos los otros cuatro están ahí”.

En este punto comienza la ficción incluida en el volumen. Dentro de la sección titulada “Stealer of Souls” se recogen “The Dreaming City”, “While the Gods Laugh” “The Stealer of Souls”, “Kings in Darkness” (escrito en colaboración con James Cawthorn) y “The Caravan of Forgotten Dreams” (originalmente titulado “The Flame Bringers”), publicados respectivamente en los números 47, 49, 51, 54 y 55 de Science Fantasy, entre junio de 1961 y octubre de 1962. Solo unos meses después de la publicación del último de ellos, ya en 1963, reunidos en un solo volumen, serían editados en tapa dura, también con el nombre de Stealer of Souls, suponiendo la primera referencia en forma de libro en la bibliografía de Moorcock. En este arranque majestuoso, el lector ya se encuentra con todos los materiales de construcción con los que el autor erigirá después la imponente catedral de su ciclo del Campeón Eterno. Partiendo, como el propio Moorcock apuntaba, de una estética de variación y divergencia respecto al héroe por excelencia del género, el Conan de Robert E. Howard, Elric se presenta desde el primer momento como un traidor a su pueblo, una raza en decadencia, que él mismo ayuda a destruir por completo, llegando a sacrificar incluso a su amada, Cymoril (“The Dreaming City”), por lo que será conocido como el Asesino de Mujeres. Educado en los caminos de la hechicería y protegido por entidades caóticas (su propia espada, Stormbringer, o uno de los Señores del Caos, Arioch), Elric, completamente enajenado de todo lo que le rodea, una vez consumada su catástrofe personal, se convierte en un aventurero vagabundo, sombrío y pesimista, en busca de respuestas sobre el orden natural de un mundo que no comprende (“While the Gods Laugh”). No encontrará respuestas, aún, pero sí al menos un compañero de aventuras, Moonglum, más apegado al mundo y dispuesto a acompañarle sea cual sea el rumbo que decida tomar, incluso cuando Elric se adentre en senderos cuestionables desde la perspectiva del héroe tradicional (“The Stealer of Souls”), y también encontrará una esposa, Zarozinia, la joven que restaura en él un sentido de la vida perdido (“Kings in Darkness”) y renueva sus ganas de independizarse de la maligna influencia de Stormbringer (“The Flame Bringers”).

La venganza como motivación principal, la ambigüedad moral de sus acciones, la búsqueda de trascendencia, la desesperación y un grado enervante de autocompasión configuran un personaje inicialmente arquetípico que no hará sino crecer en complejidad respecto a su modelo conforme avance la serie.

Para dividir la ficción incluida en el volumen en dos partes claramente diferenciadas, Moorcock quiso incluir un ejemplo del tipo de relatos heroicos que publicaba a finales de los años cincuenta, que según él forman parte fundamental de la concepción del posterior Elric. Se publica aquí un relato corto de la serie de Sojan, un espadachín intergaláctico cuyas aventuras fagocitaban las aventuras espaciales de E. R. Burroughs y Leigh Brackett, y cuyo mérito narrativo es difícil de valorar de forma aislada, dado que apenas se trata de una escena introductoria. Sea como sea, su valor para el conjunto es más bien escaso, por lo que, como curiosidad o miniatura arqueológica, bien podría haber pasado a formar parte de la sección de “Cartas y Miscelánea” que cierra el volumen.

Como eje del libro, se reúnen algunas imágenes icónicas en la literatura de Moorcock, entre las que destacan las tres ilustraciones de Elric para portadas de Science Fantasy y el primer mapa de los Reinos Jóvenes, todas ellas realizadas por James Cawthorn.

Bajo el título “Stormbringer”, el mismo bajo el cual vieron la luz en forma de fix up, abreviadas y revisadas, en 1965, aparecen a continuación cuatro historias, “Dead God’s Homecoming”, “Black Sword’s Brothers”, “Sad Giant’s Shield” y “Doomed Lord’s Passing”, publicadas respectivamente en los números 59, 61, 63 y 64 de la revista Science Fantasy, entre junio de 1963 y abril de 1964. De una calidad variable y con un ritmo desigual, que se resiente en algunos momentos quizá por la extensión, estos cuatro relatos fueron concebidos desde el principio como un arco narrativo completo, cuyas partes, aunque autoconclusivas, comparten un conflicto que las abarca a todas y en cuya resolución no solo se pretendía cancelar el propio enfrentamiento entre el héroe y sus oponentes, sino la propia entidad heroica. Elric se embarca en la búsqueda de su esposa secuestrada y al mismo tiempo se verá envuelto en la lucha definitiva entre las fuerzas del Caos y la Ley. Cualquier cambio en la relación de fuerzas acabaría con el Equilibrio que sostiene el Mundo, por lo que Elric será reclutado, a pesar de su íntima relación con las fuerzas del Caos, en las filas de la Ley. Será en estos cuatro relatos donde Moorcock presente con una coherencia completa su cosmogonía y los conceptos del Campeón Eterno y el Multiverso (incluyendo un viaje astral de Elric para arrebatarle el legendario Olifante al mismo Roldán en su propio plano mítico de existencia). No diré nada más por no estropear el maravilloso clímax al que nos lleva esta sucesión narrativa a quien no lo haya leído aún. Tan solo me gustaría apuntar que, entre otros muchos de igual intensidad, los terribles momentos en que el Caos desdibuja la realidad conforme se impone a la Ley están descritos con una plasticidad y una fuerza que hacen olvidar al lector aquellos otros momentos en que el autor parece dilatar la acción con cierto abandono y sin demasiado sentido.

Completan la aportación de Moorcock en el apartado de no ficción los textos “Elric” (1963) y “The Secret Life of Elric of Melniboné” (1964), una carta y un ensayo, respectivamente, en los que se viene a insistir, con tonos diferentes, en algunos aspectos ya tratados en la introducción. Moorcock recalca el gusto por Leiber que aún conservaba incluso cuando ya había perdido el gusto por Howard, Clark Ashton Smith o E. R. Burroughs, se considera antes influido por la fantasía de Mervyn Peake (a quien juzga muy superior) que por la de J. R. R. Tolkien o Dunsany y se refiere también al impulso que luego cristalizaría en la revista New Worlds, durante su etapa de editor, cuando habla de la ciencia ficción de J. G. Ballard como la única que tolera, por ser él mismo un “pensador literario” más que “lógico”: “Brevemente, la física no me interesa; la metafísica, sí”. Esto último se trasluce no solo al enfrentarnos directamente con los textos de Elric sino también en la propia lectura sobre estas historias que su autor nos ofrece aquí, insistiendo en su valor simbólico, alegórico, psicoanálitico casi. Expresión de su propia psique, incluso en aquellos casos en que manifiestamente los textos responden a criterios comerciales o se ajustan a los inocentes principios estéticos de la mera aventura (“Kings in Darkness”, “The Flame Bringers” o todo el ciclo de “Stormbringer”, escrito a petición de Carnell para responder, expresamente, al éxito entre los lectores de los relatos de la serie inmediatamente anteriores). Además de las opiniones del propio Moorcock sobre estos relatos, también es de interés el esquema cosmogónico del Multiverso que presenta, heredado, según sus propias palabras, del zoroastrismo y del Three Hearts and Three Lions, de Poul Anderson (una de sus influencias principales).

Para cerrar el volumen, se eligieron dos textos relacionados con Elric pero de forma completamente opuesta. El primero de ellos, “Final Judgement”, de Alan Forrest, relacionado directamente, es la primera crítica publicada de la novela Stormbringer, que nos sirve para entender, desde la distancia, la perplejidad con la que fue recibido este tipo de ficción en su momento y que ofrece, además, una apreciación bastante justa sobre uno de los puntos menos acertados de la cosmovisión heroica de Moorcock: la fatalidad del destino a la que debe someterse el protagonista sin posibilidad de elección. El segundo de los textos, relacionado con el ciclo de forma indirecta, “The Zenith Letter”, es una carta de Anthony Skene, fechada en 1924, en la que escribe sobre su personaje más conocido y la influencia más clara y siempre bien reconocida por Moorcock, como ya se apuntó, en la concepción de Elric: Monsieur Zenith, el Albino, el malvado antagonista de la serie pulp del detective Sexton Blake. Sin más interés que el propio reconocimiento, la inclusión de este texto es al menos una forma de homenaje que dignifica tanto a quien lo recibe como al propio Moorcock y su papel dentro de la industria de la prensa pulp y la cultura populares.

Son muchos los aspectos relevantes que sugieren estos primeros relatos del ciclo de Elric, tanto para el conjunto de la obra de Moorcock como para todo el género al que pertenecen, pero esta reseña solo pretende servir como invitación a la lectura por lo que, para terminar, solo añadiré que Michael Moorcock es un autor ineludible y este volumen de Elric supone el mejor modo de adentrarse en una trayectoria virtualmente infinita y prácticamente inabarcable. Una obra épica en marcha de envergadura fantástica.

No lo digo yo, lo dicen otros a quienes sobra la autoridad que a mí me falta, como los autores de la monumental The Encyclopedia of Fantasy, John Clute y John Grant, que presentan a Moorcock como “el autor de fantasía más importante del Reino Unido en los sesenta y los setenta y además el autor más significativo en el Reino Unido de espada y brujería, una forma de la que ha tomado prestado y que también ha transformado”, o J. G. Ballard, cuya opinión ha sido habitualmente citada: “Una obra de imaginación poderosa y sostenida… Los símbolos vastos, trágicos, con los que Moorcock ilumina continuamente la búsqueda metafísica de su héroe son una medida de los talentos extraordinarios del autor”.

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